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Silencio

El vaso

La mujer y el hombre compartían el vaso. Era un vaso de cristal transparente que hacía unas ondas no muy pronunciadas que resultaban muy agradables al tacto. La mujer y el hombre no se percataban de la suavidad de las ondas, pero les gustaba el vaso porque formaba parte de un juego de dos que les habían regalado cuando abrieron el nuevo supermercado debajo de su casa. El otro vaso se había roto hacía ya unos meses cuando se le cayó al hombre de la encimera. En ese momento, los dos se quedaron mirando los cristales en el suelo como quien observa a un pájaro muerto. Recogieron con cierta solemnidad los trozos sin mirarse a los ojos y los envolvieron en una mortaja de papel de periódico antes de tirarlos a la basura. No fue un acuerdo tácito. El hombre… Leer más »El vaso

¿Nueva normalidad?

El otro día me encontré con mi vecina del segundo. Hacía semanas (desde que comenzamos con este particular retiro) que no nos veíamos, pero después de los días raros nos habían dejado a salir a pasear por franjas horarias.  A mí me costaba vestirme con algo distinto que no fuera el pijama, así que decidí reconectar con el mundo poniéndome un chándal un poco brillante y antiguo que había encontrado en el último cajón del armario. Nos cruzamos en el portal, los dos con nuestras mascarillas. La mía, una que nos había echado al buzón el Ayuntamiento, la suya, una negra de lunares blancos con las cintas rojas. A los pocos segundos, me di cuenta de que, al respirar, las gafas se me empañaban. Y así, con mi chándal brillante, mi mascarilla blanca y mis gafas llenas de vaho, me… Leer más »¿Nueva normalidad?

De balcón a balcón

Nunca he tenido un pueblo y, por tanto, siempre he idealizado un poco las conversaciones de balcón o esas largas horas al atardecer cuando los vecinos sacan sus sillas a la acera para charlar de lo cotidiano o, simplemente, para estar. El otro día, a primera hora de la mañana, abrí las ventanas de la casa para ventilar y me asomé al balcón. Normalmente no lo hago porque, aunque la calle donde vivo es estrecha, tiene mucho tráfico, lo que equivale a mucha contaminación. Además, el edificio de enfrente está demasiado cerca para mi gusto. Como no me gusta sentirme observada, suelo tener la cortina corrida, a pesar de que eso implique tener menos luz. Pero en los días raros, hago cosas que normalmente no hago. Por ejemplo, salgo al balcón de madrugada y me siento en la pequeña silla… Leer más »De balcón a balcón

En los días raros

En los días raros, la vida se pone las zapatillas de lana y se desliza silenciosa, uno siente que sucede algo extraño… y empiezan a pasar muchas cosas. El silencio, por ejemplo, se despereza, abre los brazos para estirarse a gusto y, de hecho, se estira tanto que uno no está acostumbrado y necesita a toda costa oír algo. Es más fácil oír que escuchar. Escuchar el silencio de fuera y el propio silencio no es apto para todo el mundo, parece, porque cuando se hace el silencio en las calles, en las casas, en las habitaciones y en las mentes surgen un montón de voces que no son sino nuestra propia voz, tan clara que hay que pararse y sentarse un rato porque lo que dice a veces no gusta. Y, entonces, en los días raros, sucede que todo… Leer más »En los días raros