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Calamares y bombones

En todas las familias hay anécdotas que se repiten una y otra vez. En la mía, una de las favoritas tiene que ver con mi madre, que, haciendo una extraña concesión a la nostalgia impropia de ella, a veces nos contaba (siempre a petición nuestra, todo hay que decirlo) la vez que, después de cobrar su primer sueldo, allá por los años sesenta, se dio el gusto de entrar en un bar y pedirse un bocadillo de calamares con una cerveza, que se tomó tranquilamente y que le supieron a gloria.

Mi madre disfrutaba mucho de los bocadillos y de los botellines, pero aquel, pagado con su primer sueldo, debió de saberle excepcionalmente rico. Para completar la jugada, entró en una confitería y se compró (cosas de aquella época) un cucurucho de bombones. No una caja, ni una lata de esas profusa y finamente adornadas, no, un cucurucho que pidió a la dependienta que llenara hasta arriba.

Con el cucurucho de bombones en la mano, alzó la mano y paró un taxi. Su primer taxi. Le indicó con la voz brillante la dirección de su casa y se fue tomando los bombones mientras observaba maravillada la ciudad por la ventanilla. Desde ese taxi, con los bombones y su primer sueldo todo le parecía diferente, como si hasta ese momento lo hubiese visto todo con un ojo tapado.

A todos nos ha parecido siempre que esta anécdota resumía perfectamente el espíritu de mi madre, una persona disfrutona con cosas que para otros habrían sido mero trámite. A pesar de que he heredado su gusto por los bocadillos, nunca he sido capaz, por mucho que me encanten, de disfrutarlos tanto como ella, con esa sonrisa y esos suspiros de puro placer, con las migas aún en las comisuras de los labios. «Mira, mira qué bonita esta merluza», solía decir cuando regresaba de la compra. Yo miraba espantada aquel pez donde ella solo veía belleza.

Todo esto no era nuevo, ni mucho menos, pero me vino de pronto a la cabeza según salí del hospital. Tras meses de tratamiento (no voy a aburrir a nadie contando nada de mi enfermedad) los últimos resultados acababan de confirmar que sí, que estaba curada. Salí a la calle. Era un jueves por la tarde y amenazaba lluvia. No voy a decir que en ese momento todo me parecía hermoso, pero sí noté que respiraba de manera diferente. Por primera vez en muchos meses, sentía que el aire entraba por mi nariz sin ningún tipo de filtro u obstáculo y llenaba tanto mis pulmones que parecía como si me fuera a elevar un palmo por encima del suelo.

Me quedé ahí quieta durante un rato, solamente notando ese aire diferente que pululaba por mi cuerpo de forma libre y casi (o así lo imaginaba yo) haciendo cabriolas. Al cabo de unos minutos empezó a llover. Di unos pasos para refugiarme en la marquesina que había enfrente y solo entonces cogí el móvil y mandé un mensaje a D. Solo ponía: «Por fin». Y, al lado, el emoticono de una margarita. Me contestó al instante con algo tan sencillo con un corazón rojo y enorme que palpitaba. D. y yo nunca hemos necesitado demasiadas palabras.

No tenía ni idea de qué hacer a continuación. No me apetecía volver a casa, ni coger el metro o el autobús, tampoco visitar a alguna amiga, ni irme de compras, así que me quedé un rato sentada en el banco metálico de la marquesina mientras la gente subía y bajaba de los autobuses que paraban allí y despotricaba del frío y de la lluvia. Apagué el móvil y saqué la mano para que se me mojara. Realmente lo que habría gustado habría sido salir de la marquesina, dejar que la lluvia me empapara y hacer unos pequeños pasos de baile sobre los charcos, como si estuviera en una película. Pero ni sé bailar ni soy tan atrevida para eso, así que continué sentada en la parada del autobús observando el trajín de la gente.

No tenía nada en la cabeza, la alegría se había ido asentado y solo sentía dentro de mí un vacío que nunca había percibido. Era un vacío difuso y concreto a la vez, un espacio que se me regalaba para que hiciera con él lo que me diera la gana y lo llenara con lo yo quisiera.

Estaba plácidamente instalada en ese recién descubierto vacío cuando un taxi se paró a mi lado. El hombre llevaba la ventanilla bajada y silbaba. Sin pensarlo, me levanté y le pregunté con un gesto si podía subir. Me monté y, a pesar de que no era nuevo precisamente, me pareció que el asiento era mullido de una forma agradable, casera. Ni te atrapaba ni te hundía, sino que te acogía de una manera campechana.

—Usted dirá adónde vamos. Vaya día…

Me costó entender lo que dijo, porque el taxi tenía una mampara de plástico de seguridad y el hombre, además de ser de corta estatura, tenía una voz fina, meliflua. Me sorprendió porque su silbido era enérgico e impetuoso.

—Usted dirá —repitió algo más alto.

—Arranque y vaya donde quiera.

—¿Cómo que por donde yo quiera? Pero ¿adónde?

—A ningún lugar. Solo conduzca.

—Oiga, que los taxistas ya no somos como antes, bueno, como algunos de los antes, que daban vueltas y rodeos para alargar el trayecto y que la carrera saliera más rentable.

Creo que fue eso lo que dijo. A mitad de la frase me tuve que echar un poco para adelante, casi pegada a la mampara, para conseguir entenderlo. No tenía ganas de hablar, así que solo dije:

—Lo sé, pero de momento no quiero ir a ningún sitio.

Avanzábamos por el carril derecho mientras la lluvia se colaba por la rendija de la ventanilla. El hombre no parecía muy conforme.

—Mire que este navegador que tengo es la leche y no falla una.

Como respuesta cerré los ojos y el hombre dejó de hablar. Eché la cabeza para atrás y al cabo de un rato me quedé dormida. Cuando desperté, no sabía cuánto tiempo había pasado, pero el pequeño taxista seguía conduciendo mientras silbaba una copla que me recordó a mi madre. Todavía adormilada, sentí no poder abrazarla y decirle que todo había pasado, que en un tiempo ya no tenía que volver al hospital, y celebrarlo con una buena tortilla de patatas o un bocadillo de anchoas con una cerveza. Y me lamenté de no haber entrado en una pastelería para comprarme unos bombones como había hecho ella, así que metí la mano en el bolso y saqué un paquete de galletitas saladas.

Había dejado de llover y un tímido y deslucido arcoíris asomaba a mi derecha. Bajé un poco más la ventanilla y volví a respirar de esa manera nueva y vivificante mientras degustaba las galletitas poco a poco para que me duraran mucho tiempo. Sin embargo, no estaba acostumbrada a comer en el coche y noté que me empezaba a marear.

—¿Puede ir más despacio y más suave?

—¿Cómo dice? —dijo con la voz aflautada.

Me acerqué a la mampara.

—Que si puede conducir más despacio y más suave, es que me estoy mareando un poco.

No dijo nada y no le hizo gracia, pero redujo la velocidad.

Con el paquete de galletas en la mano, cerré los ojos al tiempo que apoyaba la cabeza en la ventanilla. Volví a imaginarme a mi madre, sesenta años antes, con su moño italiano, su traje ajustado, su raya negra en los ojos y su cucurucho de bombones. Tenía mucha más clase y alegría que yo. «Hija, imita a la abuela, que me hace mucha gracia». Y yo la imitaba solo por escucharla reír a carcajada limpia. No pude evitar sonreír al imaginar qué me habría dicho de verme en el taxi con unas simples galletitas saladas y aquellos sosos pantalones de color café con leche. «Hija, mira que eres sosainas, date un capricho, que tú te lo mereces».

Me acerqué de nuevo a la mampara.

—Disculpe, ¿sabe de un bar por aquí donde vendan bocadillos de calamares?

El pequeño hombre me miró por el espejo retrovisor primero extrañado y luego aliviado de tener, por fin, un objetivo, una meta específica.

—Yo la llevo enseguida. Ya verá qué delicia. —Alzó la voz, como si estuviera acostumbrado a que nadie lo entendiera y añadió—: A mí los que más me gustan son los de anchoas con un botellín bien fresquito. No hay nada mejor.

Y entonces me recliné y me dejé hundir un poco más en el asiento mientras sonreía y el aire brincaba dentro de mí haciendo cada vez más cabriolas. Sonreí. La antesala de la felicidad, que decía Eduard Punset.

Un bocadillo de calamares y un botellín me estaban esperando.

 

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