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Cerezas

Vaya por delante: el texto que viene a continuación es una mezcla de añoranza y alegría. No siendo una persona especialmente nostálgica, hay imágenes que activan dentro de mí un calor que me recorre de abajo arriba (suele ser en ese sentido) hasta quedarse anclado en mi pecho, más exactamente en el corazón, que es lugar donde la vida palpita con todas sus emociones.


La palabra «cereza» despierta en mí esa morriña. Porque cuando hablo de la palabra «cereza» estoy hablando de mi madre. Y hablar de mi madre es hablar, también, de alegría.


Las cerezas guardan bajo su piel roja, tersa y brillante una risa abierta, estruendosa, fresca y contagiosa. Una explosión de vitalidad pura, como si fuera la esencia misma de la vida hecha fruto sagrado.


Me encanta observar las cerezas, su color, su forma, su brillo… ya sea en el árbol o bien colocadas en una caja de la frutería. Sin embargo, tengo que reconocer que me gusta más el concepto de cereza y la imagen de la cereza que la cereza misma. Lo que esa fruta despierta dentro de mí supera con creces su propia naturaleza, su propia realidad. Porque en mi realidad la cereza es verano, es piscina, días libres, una ofrenda a la alegría.


De pequeña me gustaban mucho los Sugus y las piruletas de cereza, que siempre tenían un color más vívido y artificial que la propia fruta, claro, pero un sabor que degustaba con fruición hasta llenarme toda la boca con él. De la misma manera, me ocurría que me gustaba más ese sabor a cereza inventado que el verdadero, que me acababa decepcionando un poco. Lo que nunca me decepcionaba (y casi todos vosotros lo habréis probado, estoy segura) era ponerme las cerezas de pendientes. No duraba mucho, te las ponías, estabas un rato con las cerezas colgando de las orejas y luego te las quitabas. No tenía más misterio y, sin embargo, ese pequeño y sencillo gesto encerraba toda la ilusión y la despreocupación de la infancia. No había que buscar más que eso. Si me pongo a pensar en gestos que condensen en sí mismos tantas imágenes, sensaciones, recuerdos y alegría ninguno supera a ese.
No puedo resistirme a las cerezas. Ni las reales ni a las inventadas. Fijo la vista en ellas cuando voy a la frutería, pero me atraen muchísimo también los manteles de cerezas, las libretas de cerezas, los vestidos de cerezas…


Lo magnífico de ellas es que producen belleza antes siquiera de existir. Solo hay que ver la flor del cerezo para quedarse prendado de algo que conecta tu corazón con un espacio y un tiempo donde las cosas no son, sino que solo las sientes; donde todo es sutil, delicado, difuso, algodonoso, cándido y fragante.


Uno de los motivos por los que hicimos nuestro primer viaje a Japón fue disfrutar del «sakura». La primavera se había adelantado y no llegamos en su esplendor, pero sí pudimos participar de ese regalo de la naturaleza. Como siempre, el primer recuerdo, el primer impacto es el que cuenta y yo tengo grabada la imagen de un anciano japonés sentado en un pequeño taburete pintando los cerezos con una calma y una armonía que enseguida envidié y que se me pasó al instante cuando me puse debajo del cerezo cargado de flores y miré hacia arriba. Los rosas y blancos eran solo para mí, con el fondo de un cielo azul nítido y amable. Y allí debajo, con J. y M., fui plenamente feliz, tanto que solo necesito cerrar los ojos para que todo aquello reviva a golpe de latido.


Fue esos días en Japón (no podía ser de otra manera) cuando esos árboles y esos frutos me regalaron el nombre de este blog: La Primavera de los Cerezos, que me sigue dando tantas alegrías como ellas me han ofrecido y me seguirán ofreciendo siempre. Las cerezas, vida a borbotones.

 

6 comentarios en «Cerezas»

  1. Me sonrío y se me iluminan los ojos contagiado de la alegría cerecil.
    Tan natural y tan pura como tus palabras,
    que leo de arriba a abajo y me asaltan de abajo a arriba.

  2. Me encanta. Y me identifico totalmente con lo que cuentas sobre las cerezas. Conexiones neuronales que se han ido fraguando en los mismos contextos vividos, probablemente. Solo que tú sabes contarlos.
    Gracias, Elena.

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