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Coletazos

En el último año L ha adelgazado más de veinte kilos, se ha rapado la cabeza y se ha dejado una especie de barbita que más bien parece un campo de trigo mal segado. Él está encantado. Yo lo miro siempre de reojo.

Tenemos todo preparado para ir a la playa. Siempre hemos sido de esas parejas que llevan solo un pareo gigante para los dos y una pequeña bolsa con un bote de crema, un libro y poco más. Pero este año no soporto el sol y me he comprado una pequeña sombrilla donde paso las horas mirando el mar de frente y a L de soslayo.

Me he puesto el vestido de lunares y me he hecho el moño. Me salen fenomenal los moños. No son esos redondos de bailarina, ni esos otros que, después de media hora delante del espejo, parecen «despeinados». No. No sé si es por la cantidad y la forma de mi pelo, es un moño digamos ascendente que parece el capullo de una mariposa. Es un moño perfecto. Lo sé.

Llegamos a la playa, planto la sombrilla y extiendo mi pequeño pareo. L hace lo propio con el suyo, uno nuevo con muchos caballitos de mar. No le pega nada, pero desde que ha adelgazado, se ha rapado y tiene esa barba se cree que es otro, y no hay mucho más que añadir.

L ha perdido un buen puñado de kilos, pero se le ha quedado un poco de tripa floja y la carne de la cintura desborda ligeramente el bañador, por eso se lo sube todo el rato y mete tripa, lo que provoca un efecto inmediato: se le ahueca el pecho y parece un palomo maltrecho.

El calor aprieta y noto cómo el sudor aparece en los lugares favoritos de mi cuerpo. Nace en algún lugar debajo de las fosas nasales y se extiende cómodamente por el labio superior. Al igual que los gestos mecánicos y automatizados para hacerme el moño, tengo otro para retirarme el sudor, que consiste en estirar los dedos índices y barrer para fuera la humedad, hasta la comisura de los labios. A veces pienso que me gustaría tener un enorme bigote, como de señor antiguo, para que absorba toda el sudor. Me imagino con un gran mostacho y, en lugar de encontrarme ridícula, me parece de lo más sensato. El sudor también se me acumula debajo de los pechos. Ahí hago lo mismo con los dedos índices, pero sé que no queda igual de bien, es un gesto más forzado.

L y yo dejamos la vista prendida en el mar. El sonido de las olas lo llena todo. El espacio y el tiempo. La espuma del agua son las palabras no dichas, retenidas en algún lugar de nuestro cerebro, de nuestra boca, de nuestras tripas…

L está de pie (pasa muchas horas de pie o tumbado porque cuando se sienta se le monta la barriga) con el pecho inflado y los brazos en jarras. Parece que se va a meter en el agua. Yo valoro ponerme la parte de arriba del bikini para que el pecho se eleve un poco y el sudor no se acumule tanto debajo. Saco mi libro de los estoicos y me pongo a leer a Epicteto:

«Es posible comprender el propósito de la naturaleza a partir de aquellas cosas en las que no nos diferenciamos unos de otros. Por ejemplo, cuando el esclavo de otro rompe una copa, enseguida estás preparado para decir: “Son cosas que pasan”. Que sepas, pues, que cuando rompan la tuya debes comportarte exactamente como cuando se rompió la del otro».

No me concentro del todo porque L se está rascando la pseudobarba. Lo hace a menudo, como si le picara, y le sale una caspa que se le queda prendida de esos cuatro pelos. Yo, como lo miro de medio lado, no lo noto tanto, pero sé que es algo bastante asqueroso.

Cuando me quiero dar cuenta, L está en el agua, justo en el punto en que el mar le llega por encima de la cintura. Sonríe y abre mucho los brazos, como si fuera feliz. Se ha puesto a jugar a la pelota con dos chicas muy jóvenes con bikinis fosforitos. Se pasan la pelota, se ríen y hasta gritan un poco.

Yo me centro en el sonido de las olas y me pongo la parte de arriba del bikini. Me debo de quedar dormida porque todo me llega almohadillado, como si fuera una bata de guata.

Cuando despierto, L está de pie, a mi lado. Me llega de refilón el brillo de su calva.

«Se te ha torcido el moño», me dice.

Yo hago transparente su figura y miro el mar. Lo miro fijamente.

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