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Detrás de la palabra: Nada

Hacer nada es, en sí, una contradicción. No se puede «hacer nada». Incluso cuando creemos que estamos haciendo nada estamos haciendo algo. Puede ser estar tumbado en el sofá, sin la tele, con el móvil apagado y las persianas bajadas. Uno cree estar haciendo nada, pero de momento está permitiendo que su espalda repose cómodamente en el sofá. Quizá está mirando hacia el techo. Tal vez tenga los ojos cerrados, pero estará respirando, tragando y, sobre todo, pensando. Los pensamientos no paran, son inevitables. Nuestro cerebro siempre está «haciendo».

Pero, sin ser tan meticulosos y aludiendo a lo que comúnmente entendemos por «no hacer nada», está claro que la cosa no es fácil para muchos. Solo hay que probar, simplemente, a sentarse en un banco de un parque sin ninguna distracción (sin libro, sin móvil, sin pan para los pájaros…) y comprobar que no sabemos bien qué hacer y que ese sencillo estar sentado sin nada más que hacer no es algo que todo el mundo aguante.

En relación con todo esto, me ha hecho mucha gracia saber, por un artículo que me manda mi gran amiga D., de un hombre japonés, que, tras emplearse en varios trabajos infructuosamente, llegó a la siguiente conclusión (¡oh, maravilla!): «Quizás, hacer algo no se me da bien».

De ahí dio un salto y se plantó en la nada.

Es decir, Shoji Morimoto empezó a ofrecer sus servicios para ser un mero acompañante silencioso. Bueno, maticemos, Morimoto se limita a comer, beber y ofrecer comentarios simples, pero no hacer nada más. Cobra por ello 80 euros y ya ha recibido más de 3 000 solicitudes.

Ya hablamos en este blog hace un tiempo de los «ikemeso», japoneses cuyos servicios consisten en hacer lagrimear o acompañar el llanto de otras personas y, como mucho, retirar las lágrimas de sus clientes (sobre todo mujeres), deslizando con suma delicadeza un pañuelo suave por su rostro.

Cuanto más solos estamos (el diccionario define soledad como carencia voluntaria o involuntaria de compañía, pero también como «lugar desierto, tierra no habitada») más necesitamos, en muchas ocasiones, llenar eso con algo, aunque «ese algo» sea Morimoto y su no hacer.

Parece que lo contratan para participar en juegos, para despedidas entre personas que no se volverán a ver, acompañar a personas que van a solicitar el divorcio o simplemente escuchar.

El arte de no hacer nada.

Dice Chesterton: «Hay quienes rezongan cuando ven a alguien que no tiene nada que hacer; hay otros, más incomprensibles aún, que refunfuñan cuando ellos mismos no tienen nada que hacer. Ofrecedles maravillosas horas, maravillosas jornadas completamente vacías, y gemirán ante tanto vacío. Obsequiadles con la soledad —lo que es también un regalo de libertad— y la rechazarán, se apresurarán a anularla con algún espantoso juego de naipes, o dando puntapiés a una pelota… No puedo reprimir un estremecimiento cuando veo echar a perder sus vacaciones, ganadas con tanto esfuerzo, haciendo algo. Por mi parte, nunca tendré bastante de no hacer nada».

No hacer.

Nada.

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2 comentarios en «Detrás de la palabra: Nada»

  1. Qué bueno, Elena, qué bueno y qué actual. Me he acordado de que mi hijo mayor me contó que en Japón hay personas que pagan por tener un rato un gatito en el regazo y acariciarlo. No acabo de creérmelo, pero por lo que cuentas, no me extraña.
    Y qué difícil nos resulta lo de «no hacer nada». A mi me cuesta, pero estoy en ello.
    Gracias y un fuerte abrazo.

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