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Espejismo

La mujer me parecía rara y decidí sorprenderla. Sin embargo, cuando llegamos a la feria de aquel pueblo maltrecho, ella no pareció sorprenderse de nada. Nos montamos en una pequeña noria que no lograba mejorar ninguna perspectiva y luego nos acercamos a las casetas de disparar. Había de pelotas y de rifles. Opté por el rifle, en un último intento de, paradójicamente, tal vez insuflar algo de vida a aquella tarde macilenta. Nunca había disparado antes, pero logré hacer tres buenos tiros. Aquel hombre intrínseco (¿no estaban gordos todos los hombres de las ferias?) me entregó un enorme oso vestido con una especie de ridículo chándal brillante de letras doradas.

Yo quise entregárselo a ella a modo de regalo, pero me miró de tal manera que pasé el resto de la tarde con el oso gigante debajo del brazo. Cuando anochecía, nos despedimos sin decir nada y me marché a casa, hastiado de aquel peluche descomunal. Estuve a punto de dejarlo en un contenedor, pero entonces ¿por qué lo había cargado durante tantas horas?

Ya en casa, lo senté en la butaca, al lado del sofá. Los brazos le caían lánguidos, la cabeza estaba ladeada y tenía una especie de sonrisa extraña, que me pareció hasta perversa. Me bebí tres cervezas para ver si así cambiaba mi percepción de aquella tarde, de aquel peluche y de la vida (por qué no decirlo). Mientras estaba en ello, me quedé dormido.

Soñé con la mujer rara, que en el sueño no era tan rara. Me tomaba de la mano y en la cima de una espectacular noria (que nada tenía que ver con aquel esperpento de la feria) me besaba el cuello. A mí se me ponían todos los pelos de punta y no me atrevía a moverme para que la cabina no se balanceara, para que aquellos besos no me dieran vértigo y para que todo fuera algo estanco, inmortal, como una fotografía.

Era ella la que en la caseta de feria ganaba aquel oso descomunal, que en el sueño no era tan grande, pero sí más esponjoso, más amigable. Ella sonreía y me lo regalaba. Me decía: «Para que te acuerdes de mí. Como es tan grande, te acordarás mucho. Y para que te haga compañía, mucha compañía». Ella reía demasiado fuerte y a mí se me volvían a poner los pelos de punta, pero ya no sabía por qué exactamente.

Parecía que era el oso (que no vestía ningún chándal vergonzante de letras doradas, sino solo un pelo suave y delicado) el que me agarraba mientras caminábamos por una avenida enorme, desprovista de ferias, de casas, de coches, de personas y hasta de aire. Allí no se percibía nada. Ella había desaparecido también, pero yo no la echaba de menos porque el oso me sostenía, me acompañaba y, de alguna manera, me protegía. Sin venir a cuento, yo empezaba a contarle al animal toda mi vida, que en el sueño parecía llena de matices y de misterios que se resolvían solos según los iba verbalizando. La avenida no acababa nunca y el oso era cada vez menos peluche y más real, entendiendo por real no un verdadero oso, sino un ente sin definir por completo, pero con el que me compenetraba perfectamente, hasta llegar a un punto en el que los dos nos comunicábamos telepáticamente. Continuábamos caminando por la eterna avenida y en un «no lugar» de ella de pronto no necesitábamos ningún tipo de comunicación. Yo podía hacer lo que quisiera, cosas que muchas veces había soñado: volar, saltar, escindirme, regresar, atravesar espacios y tiempos. A cada segundo (que en el sueño era un todo sin límites ni medición posible) descubría en mí nuevas habilidades.

Luego (o antes, vete tú a saber), a lo lejos, el oso y yo vislumbrábamos una sombra. Era Derek Amato, a quien yo no conocía, pero a quien conocí de inmediato (y de manera integral) cuando me aproximé a su silueta un tanto desdibujada. Derek me decía: «Conozco esa sonrisa que tienes. Conozco esa sensación de poder».

Derek se había dado un golpe serio en la cabeza al tirarse a una piscina una tarde que estaba de fiesta con unos amigos. Derek sufrió una contusión cerebral, perdió parte de su memoria y de su audición, pero cuando llegó a casa empezó a ver pequeñas teclas blancas y negras alrededor de su cabeza. Él, que jamás había tocado un instrumento musical y carecía completamente de la habilidad para leer música, se puso a tocar el piano como si fuera un experto.

«Tus dedos cobraron vida», le dije, leyéndole el pensamiento en aquella larga avenida.

Además del piano y, como por arte de magia, también «sabía» tocar hasta ocho instrumentos diferentes. Derek tenía los ojos color mar. Derek me entendía, porque yo volaba y hacía cosas que creía que no sabía hacer. Era un hombre diferente, era un hombre completo, era un hombre con infinitas posibilidades por descubrir y hacer realidad.

En un momento dado, la luz del sueño cambiaba ligeramente y la avenida parecía terminar por fin. Derek se diluía y, sin hablar, me decía: «La lesión fue una especie de milagro, pero no todo han sido regalos. A veces me duele mucho la cabeza y el ruido y las luces me afectan demasiado, por eso me vengo aquí de vez en cuando a descansar». Al final del sueño, Derek tenía una sonrisa extraña y los mismos ojos de mar.

Cuando me desperté, el oso se había escurrido y estaba despatarrado en la butaca. Mantenía la misma sonrisa macabra. Fuera, estaba empezando a amanecer y al levantarme amodorrado tiré sin querer una de las botellas. La que aún tenía cerveza caliente y moribunda.

1 comentario en «Espejismo»

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