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La mirada azul

El último día del revuelto año 2021 y a mitad de, para mí, unas turbias Navidades, leí un bellísimo artículo de Estrella de Diego titulado Azul “patinir”, el color que consuela en tiempos oscuros, en el que habla del azul que Patinir nos regala en su cuadro El paso de la laguna Estigia, que se puede contemplar en el Museo del Prado.

Yo no conocía el cuadro y estaba deseando contemplar ese azul, perderme en ese azul, fundirme con él, emocionarme con él, pero, de momento, aquel 31 de diciembre de 2021 donde realmente pude descansar y con lo que me emocioné es con el artículo de Estrella de Diego, bellamente escrito, bellamente sensorial. Tuvieron que pasar algunas semanas hasta que pude ir al Prado, pero de vez en cuando regresaba a las palabras de esta escritora, profesora universitaria, comisaria, investigadora y académica.

Yo misma, dejándome llevar por todo lo que el artículo había despertado en mí, escribí una entrada para el blog en la que hablaba de tesoros que nos pasan desapercibidos, de la belleza que supone el hecho de «observar». La dejé «aparcada» hasta llegara el momento de ir al museo y contemplar esa obra de arte.

Esto sucedió en febrero. El día que pensábamos ir, L. —que ignoraba qué cuadro era el que a mí me interesaba— comentó que le gustaría volver a ver Descanso en la huida a Egipto. Le pregunté de qué autor era y al contestarme que se trataba de una obra de Patinir, no pude menos que echarme a reír. Ese día no pudimos entrar al Prado y esperamos a la semana siguiente.

A pesar de la fecha, hacía un día soleado y cálido. J., L. y yo fuimos paseando por Madrid y, como íbamos con tiempo, entramos a los Jerónimos para ver la iglesia. Allí hablamos un poco sobre la historia de san Jerónimo y contemplamos una obra donde se le representa junto a un león. L. nos explicó que san Jerónimo se había retirado a una cueva, pero no recordaba la historia por completo y echaba en falta el cuervo que con su pico le llevaba comida para que el santo se alimentara.

Cuando entramos en el museo, fuimos directamente a la pequeña sala donde están las obras de Patinir. Lo primero que vimos fue Descanso en la huida a Egipto, a cuyo lado, como si se trata de dos hermanos que se dan la mano, estaba El paso de la laguna Estigia, que muestra a Caronte llevando en su barca a un alma que debe elegir entre el infierno y el paraíso. La luz entra desde el fondo y el azul se desborda, llenándote la mirada. Cuánta razón tiene Estrella de Diego. Uno, cuando llegar al «azul Patinir», descansa. El alma que conduce Caronte se ha inclinado por elegir lo oscuro, a pesar de que en la otra orilla los azules y un ángel invitan a entrar en el paraíso.

Mientras observaba la obra, J. nos indicó que nos diéramos la vuelta. A nuestra espalda, otra obra de Patinir en la que retrata, curiosamente, al san Jerónimo sobre el que minutos antes habíamos estado hablando. El santo, como en la iglesia, aparece acompañado de un león, pero sin cuervo a la vista, lo que llevó a L. y J. a seguir tratando de recordar la historia de ese personaje.

Yo regresé a la laguna Estigia y, cuando estaba metida de lleno en su azul, con la mirada cargada de algo que es difícil convertir a palabras, una mujer a mi lado comenzó a explicarle a otra en voz baja, tranquila y sabia toda la simbología del cuadro. La escuché disimuladamente y, sin que ella lo supiera, le agradecí el regalo de envolver con su discreto discurso mi experiencia con esa obra de Patinir.

Salimos de la pequeña sala y de aquel triángulo perfecto de obras y tras deambular un poco contemplamos San Antonio Abad y san Pablo, primer ermitaño, de Velázquez, donde sí aparece la figura del cuervo que L. creía que acompañaba a san Jerónimo y que en esta pintura es el encargado de llevar cada día a san Pablo su ración de pan. Más tarde, leyendo la información que ofrece el museo en su página web, me entero de que  la peña en la que se encuentran los dos antos «recuerda la gran formación rocosa del Paisaje con San Jerónimo de Patinir».

El bucle se riza y se riza y todo, como en las obras de Paul Auster, se entrelaza y se mezcla como en un juego.

Antes de salir, nos dirigimos a ver El lavatorio, de Tintoretto, cuadro del que hace años una guía nos explicó su magnífica perspectiva. Normalmente, vemos las pinturas de frente, lo que no siempre es correcto. De manera particular, El lavatorio cambia por completo cuando en lugar de observarse de frente se hace desde la esquina derecha y, de repente, obra la magia y el cuadro cobra vida, se mueve, se transforma. Te marea.

La perspectiva es muy importante en la vida. Cada vez más. Hay que mirar desde el lado correcto, que no tiene por qué ser el lado que uno cree o ha creído siempre, o el que le han indicado o el que está establecido. Cuando uno observa desde el punto de vista justo y adecuado, la realidad se transforma, uno mismo se transforma, y alcanza a ver otras realidades, cosas que habían pasado desapercibidas, como el cuadro de El paso de la laguna Estigia.

Recuerdo que esa noche apenas pude dormir. Tenía los sentidos excitados de tantas obras, de tantos colores, de tantos sentires, de tantas casualidades, de todo aquello que había vivido por la tarde y que, finalmente, convergía en el latido del azul de Patinir.

Un par de días después, me puse a investigar sobre san Jerónimo y descubrí que, dentro de la iconografía que lo acompaña, ciertamente aparece un león. La historia cuenta que, estando meditando a orillas del río, se le acercó un león malherido, con algo clavado en una de sus patas. San Jerónimo lo auxilió y le liberó de aquello que tenía clavado; desde entonces, el león lo acompañó fielmente y por eso aparece representado en algunas de las obras dedicadas a san Jerónimo. Patinir, como era habitual en él, transformó ese león en una especie de simio (también el El paso de la laguna Estigia hay criaturas de este tipo).

Sin embargo, en una vuelta de tuerca de estos hechos, que se sucedían en una especie de juego, también descubrí que esta historia del león que se adjudica a Jerónimo de Estridón en realidad pertenece a su contemporáneo Gerásimo, el santo que sana a los heridos tras los seísmos. Según lo que se cuenta, después de extraerle la espina, el león sigue a Gerásimo hasta el monasterio junto al río Jordán, donde debe cuidar a los camellos y al burro que carga el agua. Un día, unos ladrones se llevan a estos animales y Gerásimo acusa al león de haberlos devorado y lo castiga desde ese momento a llevar el agua.

Como se ve, nada es lo que parece. Jerónimo no es Gerásimo. El león que pinta Patinir no es un león exactamente. El cuervo no alimenta a Jerónimo, sino a san Pablo. La perspectiva de Tintoretto no es la evidente, sino una más elaborada.

Descubro también que san Jerónimo es el patrón de los traductores. Escribe Aurelio Major en un artículo que «traducir es trasladar, transportar la tradición, interpretar, trashumar sin descanso».

Y, aunque el artículo es de 2017, no me puede parecer más actual y certero. En estos tiempos es fácil confundirse. Creer que una cosa es otra; superponer realidades hasta solo ver un borrón confuso; situarse en la perspectiva equivocada. Son tiempos de hilar muy fino.

Finalmente, tras este breve pero intenso periplo, retomé mi entrada sobre el azul de Patinir escrita antes de ver el azul de Patinir. Como en ocasiones me sucede, apenas recordaba lo que había escrito, lo que me llevó a leerla con cierto asombro e interés.

En la entrada hablaba, evidentemente, del artículo de Estrella de Diego y recogía las palabras que ella cita en su artículo del pintor abstraccionista Ad Reinhardt: «Mirar no es tan fácil como parece».

Ella observa la obra de Patinir para «soñar con el océano inaccesible, que nunca se extingue» o llorar, ahora que da la sensación de que, en estos tiempos extraños, hemos naturalizado el llanto y parece que ya da menos vergüenza hacerlo en público o en la intimidad.

Patinir consuela.

En mi artículo yo decía: «Sucede también que, en ocasiones, cuando uno mira de verdad, sigue viendo mucho tiempo después. Ya lo dijo Magritte en relación con su cuadro La firma en blanco, donde refleja a una mujer montada a caballo entre los árboles. La obra es una especie de ilusión óptica, donde todos reconocemos la figura de la mujer y del caballo, a pesar de que Magritte rompe con la lógica y la perspectiva lineal, porque hay árboles más alejados que la amazona que la ocultan».

Dijo Magritte: «Cuando alguien pasa a caballo en un bosque, primero los ves (al jinete y al caballo), luego no los ves, pero sabes que están ahí. (…) Nuestro pensamiento engloba lo visible tanto como lo invisible».

Basta cerrar los ojos unos instantes en calma para soñar con el azul de Patinir, para mirarlo desde algún lugar secreto e indefinido de nuestro ser. Porque, una vez que lo has visto, puedes seguir mirándolo aunque no estés delante. Aunque estés, tal vez, entre árboles sin perpectiva pero mágicos.

Vuelvo una y otra vez al azul de la laguna Estigia, a ese lugar anclado en el centro de mi corazón, donde no hay que hacer nada. Nada más que descansar en él, en ese punto exacto al que el latido de mi corazón me llevó y al que, por muchos espejos, ilusiones y vanas perspectivas que haya, siempre podré regresar porque es algo auténtico y puro.

«El paso de la laguna Estigia». Patinir
«Paisaje con san Jerónimo». Patinir
«Descanso en la huida a Egipto». Patinir
«San Antonio Abad y san Pablo, primer ermitaño». Velázquez
«El lavatorio». Tintoretto

1 comentario en «La mirada azul»

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