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Orden

Hace ya un tiempo, la mujer que más veces se ha quedado a dormir en mi casa (exactamente tres) me lo dijo:

—Parece que vives en el día de la marmota. Eres raro y me das yuyu.

Y se fue, sin dar un portazo, con el cepillo de dientes en una mano y una naranja en la otra.

No me dio tiempo a contestarle que no soy raro. Solo soy ordenado y rutinario. Así todo es más fácil; no hay «sorpresas» ni «imprevistos» desagradables. Además, todos tenemos nuestras manías, lo veo a diario en el bar donde desayuno, en la oficina, en el súper, por la calle… Me molestó mucho lo que me dijo, pero por nada del mundo habría yo podido seguir con una mujer que un día desayuna café con galletas otro un zumo con una tostada con aguacate (¿aguacate?), o que un día le apetece ver una comedia y otro una película bélica. No, señor, las cosas no se hacen así. Yo creo que la que realmente está loca es ella.

En el bar donde desayuno desde hace años, todo permanece igual y mi conversación con el camarero basada en gestos funciona a la perfección, sin alardes ni excentricidades. Entro, saludo con un leve gesto de cabeza hacia arriba y el camarero me responde desde detrás de la barra con una subida de ojos. Me siento en la mesa de la esquina. Me trae mi café con leche muy caliente y una tostada de pan de molde con mermelada de ciruela y sin mantequilla. Me lo tomo. Dejo el dinero exacto en la mesa. Me voy haciendo un leve gesto con la cabeza hacia arriba y el camarero se despide con otro gesto parecido, pero más lánguido.

Lo mismo sucede a la hora de la comida en el bar que hay debajo de la oficina. Me ha costado un poco que la chica lo entendiera. Es de carácter afable pero pegajoso y me ha insistido durante muchas semanas en los beneficios de la dieta variada. Finalmente, la he convencido y he logrado lo que quiero: comer todos los días arroz blanco con un muslo de pollo asado y de postre una naranja preparada, que consiste en una naranja pelada y cortada en rodajas sobre las que espolvorea un poco de azúcar. El viernes, me llevo en un táper la ración del sábado y el domingo, aunque ya he aprendido a hacer en casa la naranja preparada y me sale de maravilla. Para cenar: siempre judías verdes con una rodaja de merluza y de postre pera. Todo en orden.

En casa de mis padres se habían puesto un poco pesados y, a pesar de que todos los domingos que nos juntábamos se hacía la misma paella, cada vez insistían en hablar de cosas distintas, que si Chuchi ha cerrado la papelería, que si ha nevado en el Partenón, que si este libro es un pelmazo, que si la hija de la vecina está embarazada pero no se conoce al novio…

Acabé con semejante propósito de forma radical: les dije que estaban como cabras y que a mí no me volvían a ver el pelo por allí. Qué descanso. Me ponían la cabeza como un bombo y no lograba reconducirlos a nuestra conversación habitual.

No obstante, algún éxito he logrado. Por ejemplo, con el quiosquero. Soy de los que siguen comprando el periódico en papel, no veo razón de no hacerlo cuando es algo que forma parte de mi día a día desde hace tantos años.

—El periódico, Ramón.

—Aquí lo tienes.

—Dan lluvia para esta tarde.

La primera vez que me contestó que no, que hacía un sol espléndido, yo repetí:

—Dan lluvia para esta tarde.

Él me miró con los ojos oblicuos desde la ventanilla del quiosco, se echó un poco para atrás y se volvió a asomar. Desde entonces:

—El periódico, Ramón.

—Aquí lo tienes.

—Dan lluvia para esta tarde.

—Sí, dan lluvia.

Que la naturaleza sea indómita y a veces desagradable no quiere decir que por eso uno vaya a cambiar sus rutinas. En el trabajo, por ejemplo, me han mandado al sótano, a organizar los archivos. Estoy contento. Soy bueno organizando. Y no tengo que hablar con nadie; acabé harto de que un día vinieran pidiendo un seguro dental y otro día uno de accidentes. Cuando no hablaban de seguro de vida, se explayaban con las cláusulas del seguro de la vivienda. Mira, así no.

La mujer se fue al tercer día y se llevó el cepillo de dientes y la naranja. Y a mí me tocó colocar la pasta en su lugar exacto y bajar a la frutería un sábado (¿por qué si voy siempre los miércoles por la tarde a hacer la compra?) para comprar una naranja: la que ella se había llevado.

Qué cruz.

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