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Pelusa

El día había comenzado francamente mal, con una noticia de esas que te hacen pensar en lo absurdo de la vida. Esa misma noche, Fran había invitado a cenar a casa a sus amigos Pili y Mili (Pilar y Emiliano, para él). Pili y Mili tenían dos cosas muy buenas: eran excelentes comedores y bebedores y unos expertos conversadores, aunque poco de lo que decían me solía resultar mínimamente interesante. Siempre que estaba con ellos, me daba la misma sensación, la de caminar por una línea recta sin fin y, a la vez, estar metida en un enorme globo o burbuja llena de voces altas y estruendo de la que no podía escapar.

En fin, pintaba que iba a ser un día de mierda. Después de trabajar me fui a comprar, porque Fran —ya me lo había avisado la noche anterior— llegaría por los pelos a la cena, a pesar de que fuera viernes.

Compré mucho y de todo, no solo porque Pili y Mili no le hacían ascos a nada, sino porque me notaba dispersa. Ya en casa, me puse la banda sonora de The Commitments y me lie a cocinar. Hice pollo al curri, huevos rellenos, ensalada de tomate, granada y aguacate y un bizcocho de manzana. Puse la mesa y a las ocho y media llegaron Pili y Mili. Traían, como era habitual en ellos, una botella de vino y una sonrisa demasiado ancha.

Serví unos aperitivos, que desaparecieron en diez minutos. Yo no dejaba de darle vueltas a aquello de los agujeros negros. Puse unos mejillones en escabeche con unas patatas fritas. Pili y Mili estaban muy contentos y Fran no aparecía. Mili dijo que, como había confianza, podíamos empezar a cenar. Fran le había escrito para decirle que podíamos hacerlo porque él aún se retrasaría un poco. Fran había escrito a Mili y ya no quedaban mejillones en escabeche.

Nos sentamos los tres a la mesa y empezamos con la ensalada y el pollo. Pili hablaba, exaltada, de sus últimos descubrimientos culinarios. Mili trasegaba vino y degustaba con las mejillas rojas el pollo al curri. Yo seguía pensando en los agujeros negros.

Por fin, cuando estábamos con los huevos rellenos, apareció Fran. Nos saludó a los tres con un beso en la mejilla, como si perteneciéramos a la misma categoría, y se sirvió solo dos huevos. Nadie le preguntó si quería pollo al curri ni por qué se había retrasado tanto.

Yo, a esas alturas, estaba enredada en las palabras que había leído esa misma y ya lejana mañana en la prensa. Los científicos habían sacado una nueva teoría —yo sentía fascinación y hartazgo hacia los científicos a partes iguales— según la cual los agujeros negros, esos que yo llevaba usando muchos años como una especie de papelera destructiva de pensamientos chungos, eran, en realidad, bolas de pelusa gigantes. ¿Bolas de pelusa gigantes? ¡Bolas de pelusa gigantes! Está bien. Bolas de pelusa gigantes.

El estudio intentaba poner fin al debate sobre la famosa paradoja de la pérdida de información de Stephen Hawking, que dijo que cualquier dato que ingrese a un agujero negro nunca podrá salir.

Así eran los agujeros negros. Así habían sido toda la vida y así los había usado yo cuando no sabía qué hacer con algunos pensamientos que no se cansaban de rondarme. Cuando la que se cansaba era yo, me sentaba encima de la cama con los pies al estilo indio, cerraba los ojos, me imagina mi agujero negro —tenía uno mío ya— y le lanzaba todas esas ideas insistentes, inoportunas e impertinentes que me llenaban la cabeza de espesura. El agujero negro siempre estaba ahí, solícito, para engullir toda aquella basura mental. Yo me quedaba tan ancha y solo muy de vez en cuando se me cruzaba el pensamiento de a dónde irían esos pensamientos una vez que estuvieran en el agujero negro. Desconocía, lógicamente, si se desvanecían, si se quedaban ahí, dentro de la negrura, o si se iban a cualquier otro sitio lejano e inalcanzable. Cuando el pensamiento de qué sucedería con mis pensamientos una vez llegados al agujero negro asomaba más de la cuenta, repetía la operación. Me sentaba y lanzaba ese metapensamiento al agujero negro y luego, más deprisa que otras veces, desanudaba las piernas, abría los ojos y me ponía a hacer cualquier cosa.

Pili y Mili reían a carcajadas contando la última metedura de pata de Pili, que, además de buena comedora y bebedora, era bastante torpe. Pili había ido al baño en un restaurante Michelin donde estaban tomando un menú degustación muy caro y había vuelto con la falda enganchada en las bragas. Un camarero se lo indicó con mucha discreción y ella se colocó bien la falda con toda naturalidad. Mili se partía de risa también. Yo observaba a Fran. Cuando abrió la boca para comerse el segundo huevo relleno, lo vi. Vi ese punto negro que tenía entre los dientes. ¿Qué era ese punto? Parecía una semilla, como si fuera sésamo o tal vez un resto de kiwi o de arroz negro, por supuesto. Desde que lo detecté, no pude dejar de preguntarme por qué Fran tenía una semilla entre los dientes un viernes por la noche antes de cenar.

Me ponían particularmente nerviosa los restos de comida en los dientes y por eso mismo siempre iba con un minineceser con un cepillo de viaje y seda dental. Fran también era cuidadoso con eso. Pero esa noche Fran tenía un punto negro entre el incisivo y el canino.

Sin que yo me enterara, Mili había abierto la tercera botella de vino y Pili había traído de la cocina el bizcocho de manzana. La cena parecía una cena normal, aunque estuviera tan ensortijada como la pelusa de los agujeros negros. ¿Qué iba a hacer yo con todos mis molestos pensamientos ahora? ¿Qué función se suponía que hacía una pelusa, por muy gigante que fuera? Una pelusa no era más que una aglomeración de polvo y suciedad, es decir, un montón de mierda enmarañada, pero una mierda no compacta y contundente, sino más bien como algo que coges con la mano y puedes apretujar y reducir. No es que mi agujero negro fuera especialmente macizo y compacto, pero era un agujero negro en toda regla, capaz de tragarse y destruir cualquier cosa. Lo había dicho Hawking y él era un genio.

Fran se había recostado en la silla, satisfecho a saber de qué. Pili y Mili se estaban despidiendo, sonrosados y satisfechos, ellos sí, tras una buena cena. Cuando nos quedamos solos, Fran me preguntó qué mosca me había picado. Sin responder, entré en el baño y me lavé los dientes con excesivo entusiasmo. Cuando la encía de abajo sangró un poco, me enjuagué con clorhexidina. Mi boca estaba limpia y la de Fran seguía teniendo ese punto negro entre los dientes. ¿Tal vez podría enviar ese pequeño punto al agujero negro, aunque ahora fuera una pelusa gigante? Me miré al espejo y decidí que no era quién para meterme en los asuntos ajenos.

Cuando salí, Fran estaba al otro lado de la puerta, con los brazos cruzados delante del pecho y el entrecejo arrugado. Fue a decir algo, pero se lo impedí poniéndole la mano delante de la boca. Nadie tiene derecho a decir nada con un punto negro entre los dientes.

Me acosté de lado, mirando hacia la ventana. El pollo al curri me había quedado fenomenal y Pili y Mili habían estado muy graciosos contando la anécdota de la falda. Justo antes de dormirme, me pregunté cuántas pelusas habría debajo de la cama.

6 comentarios en «Pelusa»

  1. Me ha encantado este relato, las palabras tienen un ritmo increíble, solo comparable, creo, al ritmo al que debían tragar Pili y Mili, que también tenían algo de agujero negro!
    Un abrazo.
    María

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