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Perspectiva

Mamá nos dejaba muchas tardes al cuidado del abuelo mientras ella atendía en la mercería. La casa del abuelo quedaba a diez minutos, pero estaba a miles de kilómetros en mi percepción, porque allí casi todo se desarrollaba con otras reglas. La primera era que mi abuelo, que padecía demencia senil o alzhéimer (nunca llegamos a saberlo porque nunca lo llevaron al médico, eran cosas «de la edad») se quedaba dormido en la butaca con la cabeza ladeada a la izquierda y la mano derecha colgando con un pitillo encendido que se mantenía de forma asombrosa entre sus dedos torcidos.

Yo tenía 12 años, los gemelos 9 y la pequeña 5. Mamá nos dejaba allí, le daba un beso al abuelo en la cabeza sin apenas pelo y le decía siempre lo mismo: «Vigila que se porten bien».

Yo tenía 12 años y aquellas tardes tenía que cuidar al abuelo, a los gemelos y a la ratilla, como llamábamos a la pequeña. Con los gemelos no había problema porque se encerraban en una habitación y jugaban a cosas extrañas pero silenciosas. Una vez uno era papa y otro un simple sacerdote; otras uno hacía de rico banquero y otro de cliente arruinado; o de espía y contraespía. Las combinaciones eran muchas y no siempre estaban claras las jerarquías, pero no hacían ruido ni molestaban.

La ratilla se subía encima del abuelo, que con la mano izquierda temblorosa le acariciaba el pelo mientras se llevaba la derecha a la boca para dar caladas al cigarrillo. Mi hermana le ayuda a dirigir bien la mano cuando se le desviaba y en una ocasión vi cómo se llevaba esa misma mano arrugada a su boca de labios pequeños y rojos.

El abuelo se dormía, que era la actividad que más horas le ocupaba, y yo tenía que bajar a la ratilla de su regazo y ponerme a jugar con ella o leerle trozos de la enciclopedia Argos, de color rojo, que tenía varios tomos con los títulos Dime por qué, Dime qué es, Dime cuéntame, Dime quién es, Dime dónde está, Dime cuándo ocurrió, Dime cómo funciona y Dime cuál será mi profesión.

El que más le gustaba a mi hermana pequeña era Dime por qué, estaba en esa edad en que lo preguntaba todo, pero no tenía tiempo ni paciencia para escuchar las respuestas. Yo le leía en alto, muchas veces sin entender nada a pesar de los bonitos dibujos en color que acompañaban los textos, buscando en secreto alguna respuesta para las cosas que me rodeaban.

Mi favorita era la siguiente (hoy en día me sigue pareciendo una genialidad). Era la pregunta 409 y se titulaba ¿Por qué hoy no es ayer? La respuesta escrita en letras azules, la parte dirigida a los niños, decía lo siguiente: Porque hoy es ahora. Ayer era antes de dormir y, cuando hayamos pasado otra noche en nuestra cama, será mañana.

Porque hoy es ahora…

En aquellos ahoras, mi hermana pequeña no aguantaba mucho quieta y yo, además, tenía que estar pendiente del abuelo porque a veces se despertaba, encendía un cigarro, daba un par de chupadas y luego volvía a quedarse adormilado con la mano derecha colgando, como si estuviera muerta, siempre con el pitillo a medio consumir.

Yo tenía 12 años y en el piso de arriba, donde vivía Clarita, se oía cada tarde flis-flis-flishhh. No parecía importarle a nadie; el abuelo, además, estaba bastante sordo. Los gemelos estaban a lo suyo y la ratilla se movía de un lado a otro cogiendo todo lo que estaba a su alcance.

Flis-flis-flishhh.

De vez en cuando, Clarita, que se había quedado viuda, bajaba a ver al abuelo. Tenía la cara colorada y una sonrisa que nunca le había visto al padre de mamá. Cogía un escabel y se sentaba como si fuera un jilguero, sin apenas apoyar su pequeño culo. Todo en ella era diminuto; igual por eso lo que hacía en piso, fuera lo que fuera, siempre sonaba así.

Flis-flis-flishhh.

Clarita le hablaba al abuelo, que o ya estaba dormido o se quedaba frito a los pocos segundos. La viejecita le retiraba la ceniza de la bata, le peinaba con la mano los cuatro pelos amarillentos que le quedaban y luego, para mi asombro, le quitaba los calcetines y le daba un masaje con un aceite que extraía de una botellita de cristal que se sacaba del bolsillo de la falda verde de lana. El abuelo parecía no enterarse, pero luego, cuando se despertaba, a veces nos reconocía y nos preguntaba por el colegio como si tal cosa.

Una tarde, Clarita nos invitó a subir a su casa. Era su cumpleaños y había preparado una tarta. Yo nunca había estado ahí arriba. Los gemelos y la ratilla abrieron la puerta sin pensarlo, pero yo me quedé en el umbral, con la mano apoyada en el pomo y la cabeza girada hacia el abuelo. Me acerqué a él, le quité la cajetilla de tabaco y el mechero y acerqué el oído a su nariz para comprobar que el sueño era profundo.

Tenía miedo de que la casa ardiera, de que mamá se enfadara, de que a mis hermanos les pasara algo y de que el abuelo quedara reducido a cenizas y no lo pudiéramos enterrar como Dios manda.

La voz de Clarita desde el rellano hizo que cerrara la puerta de casa y subiera las escaleras. El piso parecía totalmente distinto, lleno de flores por todas partes (en el papel de las paredes y en los cuadros de punto de cruz), pero también había flores secas que daban un poco de miedo. Yo no quería tarta, la nata me sentaba mal, solo quería saber qué era lo que provocaba aquel flis-flis-flishhh.

Los cuatro le cantamos cumpleaños feliz dos veces porque a la ratilla una le pareció insuficiente y a continuación tuve que comerme un trozo de tarta. Clarita no la probó y nos dejó solos un rato. Cuando los gemelos iban por el tercer trozo, nos llamó desde una habitación. Allí estaba Clarita, con su falda de espiguilla verde y su blusa de flores, pero calzada con unas botas blancas con muchos cordones y unos guantes de boxeo casi más grandes que ella. El centro de la habitación lo ocupaba un saco de boxeo de color amarillo sobre una base negra. Los gemelos y la pequeña se abalanzaron hacia él, como si fuera un enorme imán.

—Dadle, dadle buenos puñetazos, ya veréis qué bien —decía Clarita alborozada.

Flis-flis-flishhh.

Flis-flis-flishhh.

Flis-flis-flishhh.

La viejecita extendía los brazos y daba cachiporrazos al saco de plástico con esos enormes guantes. El péndulo amarillo, que me pareció que estaba lleno de aire, se movía en todas direcciones para regocijo de todos.

Clarita extendía los brazos y estaba cada vez más colorada. Mi hermana chillaba exactamente como una ratita y los gemelos ya estaba con lo suyo: uno hacía de entrenador y otro de entrenado.

Yo, la hija mayor, estaba ahí plantada, inmóvil, queriendo darle puñetazos al saco de boxeo porque tenía una rabia que picaba dentro de mí y porque el armatoste aquel también me atraía, pero no podía dejar de pensar que, abajo, en su casa, tal vez al abuelo le había pasado algo.

Yo tenía 12 años y confundía qué era arriba y abajo, cerca y lejos, mayor y pequeño.

Clarita nunca más nos invitó a su casa. Murió de repente una tarde pocas semanas después.

No se oía ya el flis-flis-flishhh.

Todo el mundo decía que era por el boxeo que practicaba, que ya no tenía edad, que estaba hecha un pajarillo, que siempre había sido así, pero que desde la muerte del marido se había ido encogiendo cada vez más. Pero yo sabía que estaba un poco harta de todo y ya ni bajaba a darle masajes en los pies al abuelo, que apenas duró unos meses tras el fallecimiento de Clarita, la boxeadora.

Este verano han venido a vivir unos nuevos vecinos a mi edificio. Desde hace dos meses escucho todos los días desde mi terraza un sonido. Toc-toc-tooocc-toc. Exactamente con la misma cadencia. Toc-toc-tooocc-toc. He barruntado mucho acerca de qué puede ser, tal vez una máquina rústica manejada manualmente para hacer algún objeto que no consigo imaginar, como tampoco me pude imaginar nunca de pequeña que aquellos flis-flis-flishhh correspondían a los puñetazos que Clarita daba al saco de boxeo de plástico lleno de aire.

Miro la butaca que queda a mi derecha, cuya forma se parece un poco a la de la butaca donde dormitaba el abuelo con la cabeza ladeada y el brazo colgando con el cigarrillo encendido. La observo con detenimiento, pero no consigo verlo. El abuelo se ha difuminado para siempre.

De Clarita, en cambio, recuerdo sus coloretes y el frasco con el aceite que usaba para masajear los pies del abuelo.

Toc-toc-tooocc-toc, suena en la terraza de arriba.

2 comentarios en «Perspectiva»

  1. He disfrutado de cada párrafo como de cada observación sutil sobre las diversas dicotomías que al final solo parecen recordarnos lo importante de cada detalle y momento, pero para esto es necesaria la perspectiva…
    Me ha tocado profundamente la descripción del lento desvanecimiento de la memoria… es algo que mi caprichosa memoria siempre me pone en evidencia, trayéndome anécdotas limitadas y muchas veces confusas, ojalá esto no se vuelva más acusado y que nadie de mi entorno crea que la fugacidad de nuestra memoria “son cosas de la edad”…
    ¡Gracias por compartirlo, Elena!
    Solo decirte que ahora no tienes un “follower”, tienes un nuevo fan!

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