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Vicenta

Vicenta me había invitado a su casa para tomar un té. Nos habíamos conocido en la iglesia, en la misa de nueve. A esas horas éramos tan pocos que era imposible no verse o ignorarse. Vicenta y yo empezamos a darnos la paz y a intercambiar frases breves a la salida y una cosa llevó a la otra hasta que una mañana me invitó a su casa a tomar el té, porque ella no tomaba café. Me lo dijo con mucha seriedad, demasiada, como si eso fuera algo que pudiera determinar nuestra incipiente amistad. No sabíamos mucho uno del otro, salvo que los dos estábamos solos. Ella, viuda desde hacía diez años, yo, un viudo más reciente. Vicenta tenía unas manos regordetas, de esas con dedos que parecen de plastilina, pero eran suaves y nunca le sudaban, ni siquiera en… Leer más »Vicenta