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Tanto

Nos conocimos una tarde en la biblioteca. Para los dos, eso quería decir algo; en realidad, lo quería decir todo.

La primera planta de la biblioteca estaba en obras, así que coincidimos en el segundo piso. Los dos buscábamos algo de Fred Vargas También nos pareció que eso quería decir algo. Fuimos a tomar un café y hablamos de libros, de muchos libros.

Se nos quedaron cosas por decir y repetimos ese café durante muchas semanas. Los libros no se nos acababan y nuestras conversaciones pedían siempre más horas. Algunos días nos besábamos y queríamos más, pero a la semana siguiente volvíamos a los libros, a los leídos, a los releídos, a los abandonados, a los prestados, a los olvidados, a los añorados…

Estábamos mareados de palabras; tanto que a veces apenas si prestaba atención al significado de lo que ella me estaba contando, abstraído y embebido de la forma de sus palabras, de su entonación, de su cadencia. Ella me pedía en ocasiones que le leyera o le recitara algunos fragmentos. Cerraba los ojos y parecía irse a otro lugar al que el sonido de mi voz la transportaba.

La quería tanto.

Tanto, tanto.

Hablábamos poco de nosotros mismos, así que cuando me cambié de ciudad por trabajo, ella no se mostró demasiado interesada por esas circunstancias, pero sí dedicamos una tarde entera a planificar cómo íbamos a seguir nuestras charlas. Lo lógico era que yo le hubiera regalado un libro especial para esa despedida; no sé, por ejemplo, Flor de asfalto. Y que ella hubiera hecho lo propio, pero los dos nos presentamos a la cita con las manos vacías.

La quería tanto. Tanto, tanto…

Esa tarde, en medio de la plaza, con el olor a café en los labios, ella me tomó de las manos y, por primera vez, me lo dijo. Me dijo: «Te quiero tanto. Tanto…». Luego nos dimos la vuelta y a la semana siguiente, tal y como habíamos quedado, empezamos a escribirnos cartas que nos mandábamos por correo electrónico en un archivo que titulábamos con el nombre y el día de la semana.

Seguíamos hablando de libros. Además, ella estaba escribiendo una novela y yo me atreví a mandarle unos poemas. Las cartas eran largas, me copiaba párrafos y párrafos de su novela que yo, sin contexto suficiente, no podía valorar, pero, como había sucedido tantas otras tardes, aquello daba un poco igual. Lo importante seguían siendo esas palabras que, ahora por escrito, adquirían más peso, más contundencia, más realidad. Era exactamente así, una realidad propia, completa y plena, aunque no tuviera nada que ver con mi verdadera realidad ni, imagino, con la suya.

Entre cartas y poemas me casé. Ella seguía escribiendo una novela que parecía interminable y que, por momentos, me daba la sensación de que no tenía ni pies ni cabeza, pero que, en otras ocasiones, llegué a valorar como una obra maestra.

La quería tanto, tanto…

Cuando nació mi primera hija, le escribí una carta y, por primera vez, la traté de usted. Me salió así y ella no pareció extrañada ni mínimamente sorprendida. Hizo lo mismo conmigo y, a la vez, adoptó un tono nuevo, más cercano al que empleaba el protagonista de su novela, una mujer que viajaba entre tiempos, pero que empleaba unas palabras que yo, por muchos libros que haya leído, desconocía, lo que me obligaba a consultar constantemente el diccionario. Me refiero a cosas como estridular, azuda, piorno, garambaina o borborigmo.

Sin darme cuenta, yo también fui adoptando un registro diferente, más acorde con ese extravagante, arcaico y rebuscado de ella, o de su protagonista.

La quería tanto…

Con el nacimiento de mi segunda hija fue espaciando las cartas que le mandaba; no así ella, que continuaba escribiéndome, como en un eterno soliloquio, aunque a veces no obtuviera respuesta. Con el paso de los años su escritura se había ido afilando, adoptando una forma inclinada, elegante, fina y demente. Cada vez eran más las ocasiones en las que no comprendía nada de lo que me mandaba y eso hacía que cada vez la quisiera más y más.

Yo le hablaba de los manuscritos que me llegaban para que los valorara en la editorial, hacía tiempo que había dejado de escribir poemas. Ella apenas hacía referencia a mis observaciones, pero a esas alturas ya no importaba ni la cantidad ni la frecuencia de nuestras cartas, sino la propia valía de las palabras, su capacidad de activar nuestras células, de urdir y potenciar una corriente que nos unía más allá de la realidad y sus significados.

Encabezábamos nuestras cartas con un «Estimada amiga» o un «Querido» y nos despedíamos cada vez más con fórmulas del tipo «Atentamente suyo» o «Reciba mi cálido abrazo». Entre medias, párrafos y párrafos de cosas que no se pueden nombrar.

Cuando mis hijas eran ya mayores, un día recibí una carta suya. La leí y releí, aunque no habría sido necesario. Esa carta no era de ella. Parecía una de ella porque empleaba la misma cadencia y ese lenguaje antiguo, retorcido y bello, pero no era de ella.

«¿Quién eres?», pregunté.

Tardó dos semanas en contestarme.

«Perdone, soy Julia, la hija de la vecina de su amiga. Ella ya no está con nosotros. Yo fui quien transcribió las cartas que durante los últimos meses le estuvo enviando, ella ya no podía hacerlo. Disculpe mi osadía, le ruego encarecidamente que me absuelva por este atrevimiento, no sé cómo he llegado a pensar que podría suplantarla, aunque fuera durante unas semanas, hasta tener el valor de decirle que ella se fue y que lo hizo mirando las flores blancas de los magnolios una tarde de esta primavera que ya se acaba.

Atentamente, J.»

Pasé semanas sentado en la butaca, con un libro en la mano y escribiéndole cartas en mi cabeza mientras observaba desde el ventanal el río exiguo y la hierba seca del verano. Durante horas, muchas horas.

La había querido tanto. Tanto, tanto…

Una mañana escribí una carta a Julia. Quería eximirla de toda culpa, de todo padecimiento. Ella me contestó e iniciamos una correspondencia que ya cada vez se fue haciendo más concreta. Julia, que había empezado a escribir sus cartas con el mismo tono de ella, contagiada de ese estilo que tuvo que transcribir durante tantos meses, fue dejando las florituras y desnudando cada vez más sus palabras. Julia era jardinera y no hablaba casi nunca de libros, sino de plantas, de colores, de nubes, de tierra, de árboles, del viento y de todas las flores del mundo, claro.

En invierno empecé a tutearla. Julia, al igual que había hecho ella tantos años antes, lo tomó con total naturalidad. Solía preguntarme a menudo por mi mujer y por mis hijas. Ella me contaba cosas de su trabajo, sobre todo, pero también de sus amigas, de sus amantes, de sus días tristes que, por escasos, parecían trastornarla especialmente.

Fue en uno de esos días cuando le mandé en un paquete el libro Una flor en el asfalto y una carta manuscrita. Desde entonces, abandonamos el correo electrónico y regresamos al papel y al sobre para nuestras cartas.

Julia y sus flores.

Julia y su alegría.

Julia y el olor a romero de sus cartas.

Julia…

La quería tanto.

Tanto, tanto…

8 comentarios en «Tanto»

  1. De una belleza sin igual, pasional, triste por el paso de la vida y el desencuentro, cruda unas y otras amorosa. Me ha gustado mucho. Gracias por enviarnos textos tan bellos.

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