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Transespecie

Yo era, cómo decirlo, una especie de chico de los recados. O un asistente, aunque en realidad, para qué negarlo, solo estaba allí para hacer lo que esas cuatro mujeres me mandaban.

Esas cuatro mujeres eran mi madre y sus tres hermanas. Es decir, Carmen, Ángela, Conchi y Josefina. Se juntaban cada quince días en casa de Conchi para jugar a las cartas, básicamente al chichón, aunque también le daban a la brisca, al cinquillo y a la escoba.

Se sentaban alrededor de la mesa redonda (siempre en los mismos sitios) y, sin hablar de nada, comenzaba la juerga. Daba igual que fuera un jueves, el día que habían elegido para celebrar sus particulares timbas, y que fueran las cinco de la tarde. Ellas empezaban sus partidas y ahí es donde yo entraba en juego.

—Martín, a ver esos gin-tonics.

—Martín, vacía el cenicero, que ya no cabe ni una colilla más.

Cómo fumaban esas cuatro mujeres. Y cómo bebían.

—Martín, se me ha acabado el tabaco, baja a por más.

—Martín, ponme más hielo.

—Martín, trae más panchitos.

Cómo comían esas cuatro mujeres.

Yo les preparaba los gin-tonics, les vaciaba el cenicero, les daba más panchitos y bajaba a por tabaco cuando se les acababa. Entre medias (sí, me quedaba tiempo) leía artículos que se me iban quedando atrasados y, de vez en cuando, comentaba alguno. No solían hacerme mucho caso, incluso chistaban para que me callara, pero esporádicamente parecía que algo despertaba su curiosidad y, mientras repartían cartas, se insultaban (se me había olvidado mencionarlo), bebían, fumaban y comían panchitos, me escuchaban y hasta me preguntaban si les picaba la curiosidad.

—Martín, pon la calefacción que me estoy quedando fría.

—Martín, tienes que comprar barajas nuevas que estas están sudadas.

—Martín, estos panchitos están sosos.

Esas cuatro mujeres no tenían fin. Debo decir que yo tampoco las escuchaba todo el rato, habría que estar más loco aún para hacerlo.

—Madre de Dios, hay gente para todo —dije después de leer uno de esos artículos.

Como era habitual, no me hicieron ni caso y yo, la verdad, tampoco lo esperaba.

—Conchi, arranca, hija, que es para hoy.

—Carmen, no seas capulla.

Que Carmen fuera mi madre no quería decir nada en ese contexto. Mi madre, los jueves de timba, no era exactamente mi madre. Se pintaba los labios de un extraño color marrón, bebía sin parar y fumaba como si fuera algo habitual en ella, cuando, a excepción de esas citas con sus hermanas, no tocaba el tabaco ni el alcohol.

—La gente está fatal —dije más bien para mis adentros.

—Ángela, deja de hacer esos ruiditos, que me pones de los nervios.

—Martín, ponme otro gin-tonic que con el calor se ha evaporado.

Me puse yo otro para digerir mejor la realidad.

—Es que alucino. El tío se ha plantado unas aletas en la cabeza porque dice que no se siente del todo humano —seguí rumiando.

Milagrosamente, las cuatro mujeres dejaron de mover las cartas, de fumar, de beber, de comer panchitos y de insultarse durante unos segundos. La partida (ese día iban fuerte con el chichón) se iba a reiniciar cuando Josefina, la pequeña a sus 67 años, intervino.

—¿Te refieres a un disfraz?

—No, Josefina (cuando jugaban no podía llamarlas «tías»), nada de disfraz. Es un chaval de 24 años que como dice que no se siente humano se ha implantado unas aletas de pez en el cráneo entre el hueso y la piel, que están conectadas por medio de circuitos.

—¿Y para qué coño hace eso ese imbécil? —preguntó Conchi, que era la más burra.

—Ya te lo he dicho, porque no se siente cien por cien humano.

—¿Y qué es entonces? —se interesó Ángela, a la que, como estaba un poco loca, esas cosas le llamaban la atención.

—Un imbécil —insistió Conchi.

—A ver. Dice que es transespecie —dije, tratando de defender al chaval.

—Lo que está es trastornado —dijo Carmen (en mi vida normal, mi madre).

—¿Para qué coño quiere esas aletas, si se puede saber, el tontolaba ese? —Conchi no soltaba a su presa.

—Martín, trae más panchitos.

—Deja al chico, Josefina.

Josefina era delicada e ilusa y no quería saber nada de cosas demasiado raras.

—Esas aletas son capaces de percibir la humedad, la temperatura y la presión atmosférica. Y envían sonidos a su cerebro a través de la conducción ósea. Al menos, eso pone aquí.

—Manda huevos —dijeron la cuatro a la vez.

—Dice que están inspiradas en las de los peces. Son aletas cibernéticas que le permiten escuchar la temperatura, la humedad y la presión atmosférica a través del hueso para luego convertirlo en sonido.

—Como una chota.

—Una puta chota. —Esa era Conchi, claro.

—A este le daba yo una torta y un buen plato de lentejas y se le pasaba la tontería. —Esa era Carmen, mi «madre».

—O que se venga un día con nosotras, se iba a enterar de qué va la vaina —soltó Conchi.

—Pero ¿qué vaina ni qué leches estás diciendo, Conchi? —Esa era Josefina, cada vez más nerviosa (o borracha).

—Pues la vaina de la vida. —Conchi era burra, pero muy filósofa a veces.

—Dice que, en función de la temperatura, la humedad y la presión y de cómo cambian las condiciones meteorológicas, cambia el sonido dentro de su cabeza.

—¡Menudo atontao! —gritó Carmen, aunque podría haber sido Conchi.

—Hay que respetar —dijo Josefina—, hay que respetar.

—No, si yo respeto, pero vaya imbecilidad —dijo Carmen con la voz ronca después de tres gin-tonics y medio paquete de tabaco.

—Eso no es respetar, aunque muy normal no suena —contestó Ángela como si ella fuera muy normal.

Las cuatro bebieron de sus gin-tonics y se encendieron otro cigarro.

—Reparte, anda, que se te pasa el arroz…

—… Catalina —dijeron a coro. Y las cuatro se pusieron a reír demasiado alto para mi gusto.

—Dice que para dormir se las quita porque pesan mucho —expliqué.

—A ese lo que le pesa es la gilipollez —sentenció Conchi mientras daba profundas caladas.

Y las cuatro volvieron a reír desmesuradamente.

Retomaron la partida.

—Martín, vacía el cenicero.

—Martín, trae más hielo.

—Martín, abre la ventana que hay mucho humo.

Josefina carraspeó.

—¿Qué oirá dentro de su cabeza? ¿Cómo sonará la lluvia allí dentro? ¿Y el viento?

—Pareces un anuncio de coches —dijo Ángela.

—A mí el viento me pone la cabeza loca, como para tenerlo dentro, vamos no me jodas —soltó Conchi.

—Igual tiene su gracia —dijo Carmen.

—Y las aletas esas, cómo van, ¿a pilas? —Conchi estaba en racha.

—No. Se recargan con energía solar o con wifi.

Las cuatro explotaron en una carcajada unánime.

—Ay, que me meo.

—Ay, que me da.

—Ay, qué imbécil.

—Ay, trae más panchitos, que el gin-tonic da sed.

Abrí la ventana, no había quien respirara allí dentro de la humareda que habían formado entre las cuatro.

Se había levantado viento y estaba empezando a llover. Cerré los ojos intentado averiguar cómo sonaba dentro de mi cabeza sin aletas la lluvia y el viento. Sobre todo, cómo debía de sonar la temperatura. Jamás me había parado a pensar que el frío o el calor pudieran sonar a algo, pero tampoco me parecía tan descabellado. De pronto, entré en un extraño estado de calma, un espacio que parecía estar fuera del mundo, donde todo era nuevo y donde la lluvia y el viento tenían un sonido único y especial. Por un momento, me dio la sensación de que estaba a punto de conseguir escuchar, por primera vez en mi vida, el sonido del relente de esa tarde que ya declinaba.

—Martín, coño, cierra que me matas de frío. —Esa era Conchi.

—Martín, juega esta mano por mí, que me meo. —Esa era Ángela.

—Martín, hijo, llévame a casa. —Esa era mi madre, verdaderamente borracha. Jamás usaba «hijo» durante las timbas.

—Martín, cómprame unas aletas como las del chico ese. —Esa era Josefina.

Cerré la ventana, jugué la mano de Ángela, le expliqué a Josefina que las aletas eran muy caras y que había que ir a Japón a ponérselas y le dije a Carmen que enseguida la llevaba a casa.

Pero antes fui a la cocina, me serví un chupito de ginebra y brindé a la salud del viento, de la lluvia y del sonido del frío, que, por unos instantes había estado a punto de rozar.

—Martín, ¿a qué esperas?

 

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