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Vibración

Yo, que duermo fatal y necesito tapones y antifaz y una almohada especial para ponerme entre las rodillas, me quedé profundamente dormida en el sofá así como así. Por si esto no parece ya de por sí inaudito, me desperté en el conticinio de la noche y vi cómo la figura del violinista que tenía en la estantería de enfrente se movía.  No toda ella, sino el brazo que sujetaba el arco.

¿Cómo lo sé si no había la luna llena que aparece convenientemente en los libros de misterio, ni siquiera la luz de una farola que dejara caer su luz amarillenta en la repisa? Lo sé porque lo vi, claro está.

¿Cómo sé que no se trataba de un sueño? Porque estaba oyendo perfectamente los ronquidos de mi vecino de al lado.

El brazo del violinista se movía muy despacio; más que un movimiento parecía una ligera vibración. Todo lo demás —su cuerpo alto y delgado, su cabeza elegantemente apoyada en el violín, su pajarita— estaba como siempre: estático, como corresponde a una figura.

En algún momento volví a quedarme dormida, lo que aún resulta más extraordinario todavía. Por la mañana, bajo la luz de un amanecer pálido, me levanté del sofá con dos deseos claros y excluyentes: que todo aquello hubiera sido una ensoñación y que todo aquello hubiera sido real. En el primer caso, todo seguiría discurriendo como hasta entonces, un poco a marchas forzadas, un poco por la inercia de los días. En el segundo supuesto, algo nuevo podría surgir, un mundo de cosas extrañas donde yo también podría comportarme como alguien distinto, alguien ajeno a mí, alguien a quien le parecería perfectamente normal que una figura de escayola se moviese.

Di dos pasos hasta situarme frente a la pequeña escultura y con dos dedos, que yo sentía que eran como de espuma, acaricié con tanto miedo como expectación el brazo doblado que sostenía el arco. Y entonces, a pesar de que solamente lo había rozado, el brazo se desprendió y me quedé con él entre los dedos, que ya no eran de espuma, sino que temblaban con una vibración que me recordó la que esa misma noche había observado o había querido observar en el brazo del violinista.

La cabeza continuaba apoyada con elegancia en el violín, pero, ahora, en su conjunto, todo había perdido sentido.

4 comentarios en «Vibración»

  1. Querida Elena: El violinista es real. Es el mismo «clochard» que se refugia algunas tardes bajo el alfeizar de su ventana para interpretar canciones de amor que amenizan sus cenas y noches de pasión. Lo que no ve junto a la funda donde los transeúntes enamorados depositan sus óbolos, es el cartón donde tiene escrito con primorosa caligrafía: «se admiten tarjetas y pagos en bizum».
    Me alegra que vuelva a escribir. Hace realidad aquello de: «el asesino siempre vuelve al escenario del crimen».
    Con acrisolado afecto,
    Fernando

  2. Querida Elena:
    Lo tuyo es ese territorio fronterizo —tan escurridizo, además— entre lo real y lo onírico. Me deslizo desde la duermevela —que con tanta pompa llaman «estado de hipnagogia»— y derrapo en el sueño preguntándome qué es más real. A ambas nos cautivan las palabras y a mí me traes eso: palabras que tienen que ver con el hecho de que hay vida más allá de las obviedades a las que estamos acostumbrados, palabras que me catapultan al otro lado: ¿es la escayola siempre como me la cuentan o alberga también una vida ignota?
    Con cariño, agradecida y perpleja,
    Marian

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